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El periplo por el infierno de los años treinta y cuarenta fue recorrido por canarios a los que parece que se les ha cerrado la puerta de su patria

Del hastío de la guerra al olvido eterno pasando por Mauthausen

El lanzaroteño Rafael Arrocha nació en San Bartolomé en 1919 y pasó tres años como prisionero en el campo de concentración de Mauthausen. Actualmente vive en Burdeos, Francia, y a sus 88 años sólo espera poder volver algún día a Lanzarote
Ricardo Jordán · 2 de noviembre de 2007

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- "Para morir siempre hay tiempo", se repetía sin cesar durante su cautiverio en el campo de concentración de Mauthausen (Alemania). Con 29 años y apenas 36 kilos de peso, su mente se esforzaba por impedir la rendición de su debilitado cuerpo. El recuerdo de su familia y de Lanzarote le permitía sobrevivir en aquel campo donde hasta los vivos olían a muerto

Entre los prisioneros que ingresaron en Mauthausen se encontraba un grupo de republicanos españoles. Los reclusos eran amontonados en condiciones de terrible hacinamiento y falta de higiene.

Muy poco o nada se sabe de los canarios víctimas del nacionalsocialismo que, por unas u otras circunstancias, fueron arrojados al abismo del más sangriento conflicto que ha vivido la humanidad en toda su historia. El pasado año se conmemoró el 70 aniversario de la Guerra Civil española y a partir de ahí arranca la historia de estos canarios, muchos de los cuales vivieron la represión franquista en las cárceles de las Islas Canarias, lucharon posteriormente en el Ejército republicano, se refugiaron en Francia huyendo de la venganza de Franco y sufrieron la humillación de verse presos en campos de concentración franceses, no acogidos como combatientes por la libertad sino como apestados.

Rafael Arrocha, lanzaroteño de 88 años, pasó parte de su vida en el campo de concentración y exterminio de Mauthausen, en la provincia antes conocida como la Alta Austria, un lugar establecido en agosto de 1938, pocos meses después de la anexión de Austria por Alemania. “Pasé mucho hambre, andábamos sin zapatos ni apenas ropa”, comentaba este miércoles Arrocha desde su domicilio de Burdeos, en Francia. “He pasado mucho, y todo por ir a la guerra de España, luego Francia y después Alemania, la verdad es que ya pasé por todo”, afirma.

“Para morir siempre hay tiempo”, se repetía sin cesar durante su cautiverio en el campo de concentración de Mauthausen (Alemania). Con 29 años y apenas 36 kilos de peso, su mente se esforzaba por impedir la rendición de su debilitado cuerpo. El recuerdo de su familia y de Lanzarote le permitía sobrevivir en aquel campo donde hasta los vivos olían a muerto.

Hoy por hoy sus recuerdos le llevan de su infancia en San Bartolomé a su juventud en Arrecife. “Estuve en la costa, trabajando en la pesca, y tampoco me fue demasiado bien”. Rafael permaneció tres años de su vida en este campo de concentración. Como medio millón de españoles, atravesó la frontera francesa huyendo de la represión de los vencedores.

“El primer año estuve como prisionero. Estaría yo rondando los 30 años”, dice, tras reconocer todavía que entre los alemanes había tanto gente buena como mala. “Recuerdo que al llegar me preguntaron de dónde era, le dije a uno de los soldados que de Canarias y desde entonces él se portó siempre bien conmigo”.

Pero las buenas maneras no dudarían. Para fines de 1939 el campo había más que duplicado su población a 2.666 prisioneros. Durante 1940 el número de nuevos reclusos creció hasta cerca de 11.000 y fue necesario montar un campo satélite en las cercanías, al que siguieron varios más. Entre esos prisioneros se encontraba un grupo de republicanos españoles que habían huido de España a Francia tras el triunfo del general Francisco Franco, donde fueron arrestados por los nazis después de la invasión alemana en mayo de 1940. Éste es el caso de Rafael Arrocha.

Una ilusión, volver

Cuestionado sobre las razones que le retienen en el país galo a estas alturas a pesar de su elevada edad, Rafael Arrocha reconoce que la vida le resulta mucho más fácil en Francia que en España, ya que mientras el país vecino le ha concedido hace años una pensión vitalicia, asegura que en territorio nacional todo son trabas y problemas.

De hecho, cuenta cómo cuando estuvo de vacaciones en España, hace ya muchos años, preguntó cómo podía obtener esa misma pensión. Al parecer, “había que ir al Consulado francés y tramitar tantísimos papeles que al final se le quitan las ganas a uno. Y total, para seguir en el olvido y para el tiempo de vida que me queda, para eso prefiero quedarme aquí y vivirlo lo más dignamente que pueda”, opina, a pesar de tener muy presente que tiene mucha familia en las Islas. “Tengo a mis dos hermanos y a mis dos hermanas en Lanzarote, y allí también viven unas sobrinas mías”, recuerda.

Sin embargo, Rafael se resigna a dejar de pensar en una posible vuelta a su Lanzarote natal. Eso sí, día tras día se ve mayor y piensa que nunca más volverá a pisar territorio español. “Ya soy demasiado viejo para volver a Canarias, y además volar me da mucho miedo. No volar en sí, sino el trasbordo que hay que hacer en París”, comenta.

Tres años en Mauthausen

Los primeros prisioneros fueron obligados a construir el campo y a trabajar en la cantera, lo cual resultó mortal para muchos de ellos. Durante el primer año, los 1.100 reclusos de Mauthausen eran delincuentes comunes, personas consideradas “antisociales” e indeseables en la sociedad alemana, y enemigos políticos del Reich. Durante toda la guerra el campo fue utilizado principalmente para recluir a opositores políticos o ideológicos del régimen nazi. Hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial, Mauthausen era similar a otros campos de concentración en Alemania: los prisioneros, en su mayoría alemanes, debían realizar trabajos forzados extremadamente duros, pero fuera de ello las condiciones no eran tan brutales.

Cuando comenzó la guerra la situación cambió. Mauthausen fue ampliado y se le agregó la función de campo de exterminio de opositores políticos e ideológicos del Reich y de los países ocupados por los nazis. Las raciones de comida fueron disminuidas y los reclusos amontonados en condiciones de terrible hacinamiento y falta de higiene. Ello provocó epidemias de tifus y disentería, que debilitaron y mataron a muchos prisioneros.

Cinco vías para un destino

Según el historiador Sergio Millares, estos canarios fueron a parar al campo de concentración y exterminio de Mauthausen a través de cinco vías.

Una parte importante de estos canarios eran combatientes republicanos que de una manera u otra salieron de Canarias para luchar en la Península contra los nacionales. Un número importante de los fugados de Villa Cisneros acabó en los campos de concentración alemanes. De este campo de confinamiento huyeron en 1937 un total de 157 personas (23 presos políticos, 93 soldados franquistas que cambiaron de bando, 34 tripulantes del barco Viera y Clavijo y 2 pasajeros de éste).

Otra vía de acceso fue la deserción en el frente de soldados nacionales hacia el bando republicano. En el mismo campo de concentración acabaron varios presos republicanos que entraron en distintos canjes. De los 90 presos republicanos canjeados del campo de concentración de Fayffes, en Santa Cruz de Tenerife, varios acabaron sus días en este campo de exterminio austriaco.

También hay que contabilizar a los canarios que se encontraban por distintos motivos en la Península cuando estalló la Guerra Civil española y que tras combatir en el bando republicano huyeron a Francia. De allí llegaron a Mauthausen.

Apresados en Francia

Como para Rafael, la estación de paso en el viaje sin retorno en muchos casos para estos canarios fue Francia. Tras la caída de Cataluña en febrero de 1939, se calcula que unos 500.000 españoles huyeron a Francia. Fueron alojados en campos de concentración franceses en el sur de los Pirineos orientales.

En un gran número acabaron integrando batallones de trabajo franceses. Cuando Francia fue ocupada, fueron reagrupados y trasladados en tren a los campos de concentración nazis.

De algunos de los 28 canarios que murieron en los campos de exterminio de Mauthausen y Gusen apenas se tienen datos. Entre ellos, a quienes se asegura olvidó el Gobierno español en dos ocasiones, Domingo Cedrés Arrocha, de Lanzarote (18 de junio de 1906-18 de noviembre de 1941) y Pedro Noda de la Cruz, de Arrecife de Lanzarote (30 de agosto de 1913-6 de mayo de 1942).

Este periplo por el infierno de los años treinta y cuarenta es recorrido por estos canarios a los que parece que se les ha cerrado la puerta de su patria.

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